2004, Senegal, 104 min.
Director: Ousmane Sembene Guión: Ousmane Sembene Fotografía: Dominique Gentil Música: Boncana Maïga Intérpretes: Fatoumata Coulibaly, Maïmouna Hélène Diarra, Salimata Traore, Aminata Dao, Dominique T. Seida
Sinopsis: Collé Ardo vive en un pueblo africano. Hace siete años, no permitió que su hija fuera sometida a la ablación, una práctica que le parece una barbarie. Hoy, cuatro niñas huyen para escapar del ritual de la purificación y piden a Collé que las proteja. A partir de ese momento, se enfrentan dos valores: el respeto al derecho de asilo (el moolaadé) y la tradición de la ablación (la salindé).

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Seamos claros de entrada. A mí el cine pedagógico, didáctico como tal, al servicio de una tesis, de una propuesta ideológica, social, cultural no me suele entusiasmar precisamente. Suele venir muy condicionado por esos presupuestos pragmáticos y por la detestable máxima perpetradora: “el fin justifica los medios” y, claro, lastran las historias, las envuelven y empaquetan de modo tal que el posible impacto emocional (el de mayor interés sin duda para este cinéfilo un poco ya con los ojos ruines) resulta un tanto estrangulado ya desde el comienzo. Y los ejercicios caligráficos con la cámara, a pesar de narrativas seductoras y/o imágenes hipnóticas por su belleza, vienen a seguir el riguroso dictado autoimpuesto al servicio de una pedestre instrumentalización.
Viene a cuento este breve exordio para sumergirme de lleno en el comentario del filme del director senegalés Ousmane Sembene (1923-2007): “Moolaadé” (2005) porque en gran medida comparte alguna que otra connotación con lo recién expuesto. Estamos, sin duda, ante una película de tesis muy principal: una contundente denuncia de la barbarie de la ablación o emasculación del clítoris, práctica consuetudinaria existente en África (o mejor, en algunas de las “áfricas” a las que se refirió con aguda perspicacia el gran Ryszard Kapuscinski en su obra maestra: “Ébano”) que se sustenta en supuestos valores religiosos -de “purificación” islámica al decir del consejo tribal de sabios de la aldea de Senegal en donde se desarrolla la trama-, tradicionales y étnicos.
La propuesta fílmica de Sembene, desde un punto de vista antropológico y si se quiere cuasi-documental (con una cercanía relativa con la obra del francés Jean Rouch), es perfectamente eficaz en su pedagogía denunciatoria. Pero contiene otros valores de indudable interés humanístico y estilístico que no se pueden obviar, pues suponen toda una celebración, una epifanía de la mujer africana, de su rebeldía, de su coraje y solidaridad y de su belleza arrebatadora.
Aquí nos encontramos con seres de carne y hueso y no marionetas instrumentales, con mujeres que asumen un rol de conflicto, de lucha solidaria por sus derechos frente a la opresión del uso social, de la costumbre, de la tradición, que no otra cosa hacen, sino encubrir la pura y dura dominación y explotación machista (ojo, con la connivencia de algunas mujeres como las propias “purificadoras”) con el camelo culturalista del factor étnico-tribal y religioso (musulmán, en el caso). Y es que, en marcado contraste cultural con este ámbito represor, todavía hay espacios en nuestro planeta en donde una radio o una antena de televisión siguen siendo (la película es de 2004) un símbolo creíble de libertad y de desarrollo y no de idiotización mediática occidental.
Como ya apunté, esta película seductora se nutre de otros valores más propiamente cinematográficos, como, por ejemplo: una fotografía excelsa que nos muestra la belleza del paisaje, la arquitectura urbana (las cabañas de adobe, la mezquita del poblado con sus varas de madera intercaladas, las diversas tonalidades ocres de muros y paramentos…), la variedad multicolor de ropas, vestidos y enseres en lo que supone toda una celebración cromática para la mirada.
También los muy oportunos contrapuntos musicales con melodías y canciones de voces femeninas que tanto nos recuerdan al genial malí Salif Keita y a su coro de cantantes. O unas interpretaciones convincentes y apasionadas, no exentas de cierto histrionismo gestual, pero que no resultan irritantes pues siempre se acompañan de una burlona onomatopeya final o de una sonrisa cautivadora como coda paródica a la marea discursiva.
Y, ya para acabar, una narración que sigue la tradición estilística de los cuentistas, con muchos diálogos y parlamentos, de premeditada teatralidad en matices y énfasis de indudable raigambre moralizadora, que opera como una más de las mil y una noches, sólo que aquí en otro momento del día: la mañana, la tarde, todas ellas bañadas por una deslumbrante luz. No se la pierdan.